“Sufría mareos crónicos, era medio ciego y tenía un solo brazo; sin embargo buscaba la acción cercana, ignoré una orden de regreso en Copenhague y llevé mis medallas en Trafalgar para invitar la puntería del enemigo.”
Nací en Burnham Thorpe, Norfolk, en 1758: de constitución menuda, frecuentemente enfermo y con mareos crónicos. Sin embargo la toldilla me convenía. Mi tío, el capitán Suckling, me puso en la senda; el hielo, los trópicos y la guerra la agudizaron. Aprendí pronto que la cautela en el mar arruina a más hombres que la metralla.
En Cabo San Vicente abandoné la línea sin órdenes y me dirigí directamente a los españoles. A bordo del 'Captain' abordamos al San Nicolás, luego cruzamos sus cubiertas hacia el San José: dos navíos de línea tomados cuerpo a cuerpo. Meses después, en Santa Cruz de Tenerife, perdí mi brazo derecho en un asalto fallido y aprendí que el fracaso puede afirmar la mano tanto como la victoria.
En el Nilo atacué al anochecer, anclando para controlar nuestras bordadas y para machacar a los franceses desde ambos lados de sus fondeaderos. Valoraba la iniciativa y la acción cercana; ningún capitán, sostenía, puede equivocarse mucho si coloca su barco al costado del de un enemigo.
En Copenhague acerqué el catalejo a mi ojo derecho ciego y no vi la orden de regreso. En Trafalgar mantuve el largo bloqueo, perseguí hasta las Indias Occidentales y de vuelta, izé 'England expects...' y me negué a cubrir mis estrellas. Busqué quebrar la voluntad del enemigo a boca de cañón: costoso, decisivo y, en mi caso, final.
Anglicano bautizado, nacido judío; un novelista que gobernó: pregunte por qué un tory amplió el sufragio y compró el Canal de Suez.
Empieza la conversaciónEntré en La Meca como Al-Hajj Abdullah; después Inglaterra temió más a mis notas al pie que a la espada del Sharif.
Empieza la conversaciónLlevé las estrellas de un general siendo un muchacho, informé de oro en colinas reservadas por tratados y morí por una decisión que no pude deshacer.
Empieza la conversaciónLos españoles me llamaron El Draque; mi Reina me nombró caballero—pregunta cuál de los dos títulos me gané.
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