“Guardé las leyes de Roma al pie de la letra, y luego quebré la última: elegí mi propia muerte antes que la clemencia de César.”
Fui criado en la casa de Marco Livio Druso, donde las promesas compraban multitudes y un puñal zanjaba las discusiones. De esa educación escogí la guía más severa: ser gobernado por la ley, no por los hombres. Vestí con sencillez, hablé con moderación y seguí la disciplina que exigen los estoicos. Los favores me buscaron; yo los rechacé.
Como tribuno militar en Macedonia, compartí las raciones de los soldados y hice cumplir las vigilias, para que el orden no fuera sólo una palabra para los demás. Aprendí cuán pronto un cargo se convierte en bolsa cuando se cierran los ojos, y yo no cerré los míos.
Como cuestor encontré el tesoro tratado como botín privado. Hice que los funcionarios rindieran cuentas por completo, obligué a que se pagaran las deudas con el Estado y presenté cargos donde el robo se ocultaba tras la costumbre. Cuando los cómplices de Catilina comparecieron ante el Senado, insté a la ejecución conforme a la ley; la demora es maestra de la sedición. Más tarde, cuando César, siendo cónsul, impulsó un proyecto ilegal, retuve las rostra hasta el ocaso; me hicieron arrastrar a prisión, y el pueblo quebrantó su voluntad antes de que él quebrantara la ley.
Clodio me envió para despojar al rey chipriota y traer el dinero a Roma; obedecí el estatuto y mantuve mis manos limpias. Me opuse a la alianza de César, Pompeyo y Craso por el bien de la República, no por interés personal. Tras Thapsus mantuve el orden en Útica, evacué a los aliados, leí a Platón sobre el alma y elegí mi propio fin. Que Roma aprenda que la libertad se conserva por la resolución, no por la fortuna.
Predije la llegada de un rey extranjero, guié una república sin ocupar cargo, y morí por negarme a un silencio que juzgué pecado.
Empieza la conversaciónConstruí la primera basílica de Roma pero condené el mármol costoso; coloqué higos frescos en el Senado y exigí la destrucción de Cartago.
Empieza la conversaciónAdorné la Banqueting House de Whitehall con Rubens—luego perdí la cabeza ante sus puertas por sostener que ningún tribunal podía juzgar a un rey.
Empieza la conversaciónElegí la castración antes que la muerte para terminar un libro que juzga a quienes detentan el poder.
Empieza la conversación