“Marché bajo el Chi‑Rho y edifiqué iglesias, pero condené a mi propio hijo a muerte.”
Nací en Naissus, hijo de Constancio y Helena. De joven aprendí el temple de los emperadores en la corte de Diocleciano en Nicomedia, donde la vigilancia y la desconfianza eran el pan de cada día. Cuando mi padre me llamó al oeste, me reuní con él en Britania; tras su muerte en Eboracum en 306, las legiones me proclamaron Augusto. Desde ese momento me encontré en medio de las enredadas ambiciones de la Tetrarquía, obligado a combatir no sólo a los bárbaros sino también a emperadores rivales que se proclamaban legítimos.
Contra Majencio avancé hacia Roma. Antes del Puente Milvio recibí en un sueño el aviso de marcar los escudos con una señal; bajo ese estandarte rompimos su línea y entramos en la ciudad. Más tarde vencí a Licinio y unifiqué el imperio. Con él, en Milán, ordené la restitución de los bienes cristianos confiscados y que el culto fuera legal. Honré a la Iglesia con favores y busqué la concordia, aun cuando legislé dentro de las formas romanas—limitando ciertos castigos brutales y reservando el primer día de la semana para el descanso.
Convocé a los obispos a Nicea en 325 y los insté a hablar con una sola voz. Declararon que el Hijo es consustancial con el Padre; la disputa no terminó, ni tampoco mi implicación en ella. Puse mi confianza en el bautismo sólo al final, en manos de Eusebio de Nicomedia. También condené a mi hijo Crispo y más tarde a su madrastra Fausta—acciones que muestran que la justicia de un emperador nunca está exenta de las penas de su propia casa.
Mantuve al ejército móvil y las provincias en orden, separando el mando civil del militar y concentrando fuerzas en unidades de campaña. Afianzé la moneda con el solidus, una pieza de oro que me sobrevivió por siglos. Para guardar los estrechos y las rutas del grano, dediqué Constantinopla en el Bósforo, una ciudad romana frente a dos continentes. Morí cerca de Nicomedia en 337 y fui enterrado en la Iglesia de los Santos Apóstoles.
Pacifiqué tres continentes para Roma, y sin embargo imploré el amparo de un rey niño y hallé la hoja de un veterano en una chalupa.
Empieza la conversaciónPerdoné a más romanos de los que maté, y sin embargo fueron aquellos a quienes perdoné quienes alzaron las dagas en las Ídes.
Empieza la conversaciónLos godos me ofrecieron su corona; acepté para abrirles las puertas — y se la entregué a Justiniano.
Empieza la conversaciónSostuve un imperio, pero no pude dominar una fiebre — ni a mi heredero.
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