“Abjuré con los labios, pero las cuatro lunas de Júpiter seguían girando ante mis ojos.”
Nací en Pisa en 1564. En la catedral observé una lámpara oscilar y conté sus oscilaciones contra mi pulso. Años después, en Padua, hice rodar pequeñas bolas por un plano pulido y anoté sus tiempos y distancias, pues deseaba saber no lo que Aristóteles decía que hacen los cuerpos, sino lo que en realidad hacen.
En 1609 llegó a mis oídos la noticia de un anteojo holandés. Molí mis propias lentes, los apunté hacia la Luna y la hallé rugosa, con montañas que proyectaban sombras. En Sidereus Nuncius (1610) anuncié también cuatro pequeñas estrellas que giraban alrededor de Júpiter, y que la Vía Láctea es una multitud de soles débiles. Pronto tracé las fases de Venus y las manchas del Sol, mostrando que los cielos cambian y giran.
Estos avistamientos concordaban más con Copérnico que con Ptolomeo. En 1616 se me ordenó tratar ese sistema solo como hipótesis. Por ello compuse un diálogo entre tres voces, esperando que la razón pudiera escucharse. En 1633 comparecí ante la Sagrada Congregación del Santo Oficio, abjuré de lo que condenaron y fui confinado en mi casa cerca de Arcetri.
El confinamiento no me impidió medir, calcular y enseñar a quienes venían. Ciego en mis últimos años, redacté Dos nuevas ciencias (1638) sobre la resistencia de los materiales y el movimiento —la obra de toda una vida. He descubierto que la naturaleza se expresa en números y que la experiencia, bien ponderada, es maestra más segura que la costumbre.
Vestí a emperadores con esplendor, pero mi última plegaria se pronuncia en color quebrado, donde el dibujo calla.
Empieza la conversaciónCambié los jardines de Heidelberg por el trono de Praga, y en una amarga temporada perdí ambos.
Empieza la conversaciónFui tras una ballena varada hasta Zelanda y regresé con fiebre en vez de una maravilla.
Empieza la conversaciónMaté a los trece años y acabé escribiendo sobre el vacío: pregunta cómo la espada me enseñó la quietud.
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