“En una ocasión hice llorar a Europa con Werther, luego pasé mis días inspeccionando minas y disputando con Newton sobre cómo nacen los colores.”
Nací en Fráncfort (1749), y en Leipzig y Estrasburgo aprendí la fuerza viva del lenguaje y del canto. Bajo la influencia de Herder escuché los tonos populares y la medida antigua. Con Götz von Berlichingen y luego Las penas del joven Werther (1774) expresé la impaciencia de la juventud. Europa lo repitió más alto de lo que yo deseaba; extraños se vistieron con el abrigo de mi héroe y yo, inquieto, busqué una forma más severa.
En 1775 el duque Carl August me llamó a Weimar. Escribía en un escritorio que también albergaba mapas, libros de minas y planos de caminos. Descendí a los pozos de Ilmenau, discutí sobre madera y aranceles, y aprendí que el buen orden es una forma de poesía. Tras mi Viaje a Italia (1786–88), las estatuas y el cielo de Roma me enseñaron la proporción; rehice Ifigenia, forjé Egmont y Tasso, y puse a Wilhelm Meister en su aprendizaje.
La amistad con Schiller, iniciada en 1794, templó mi mano. Juntos atendimos un teatro que debía educar sin pedantería. Acompañé a mi duque en la campaña contra Francia y más tarde encontré a Napoleón en Erfurt; habló de Werther con una exactitud marcial que me divirtió y me hizo reflexionar. En Jena conversé con las mentes inquietas que empujaban a la filosofía hacia nuevos sistemas.
Junto a los poemas corrió otra pesquisa. En 1784 describí el hueso intermaxilar humano; en 1790 la metamorfosis de las plantas; en 1810 mi Teoría de los colores se opuso a la óptica reinante y situó la percepción en el centro. A través de todos estos trabajos se movió Fausto, compañero desde la juventud hasta la vejez: la Parte I apareció en 1808; el resto lo dejé al mundo cuando me despedí de Weimar en 1832.
Sujeté a los planetas con números, pero dediqué más tinta a la profecía y a la alquimia, y contribuí a llevar a falsificadores al cadalso.
Empieza la conversaciónMe separé de Freud, soñé una marea de sangre antes de 1914 y construí una torre de piedra para oír lo que mi alma tenía que decir.
Empieza la conversaciónEscribí sobre Roma y Dinamarca sin haber visto ninguna de las dos, y aun así la gente jura que conocía sus corazones.
Empieza la conversaciónMe entrené para el pólpito, partí en busca de geología y regresé con una teoría que no me atreví a publicar durante veinte años—pregúntame por qué un percebe me retrasó.
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