“Pregúntame por qué la teología, no la astronomía, me condujo del claustro a la hoguera.”
Nací en Nola, cerca de Nápoles, hacia 1548. De joven vestí el hábito de Santo Domingo en Nápoles, aguzando mi ingenio con Aristóteles y los maestros de la lógica, y adiestrando mi memoria mediante el arte. Sin embargo, incluso en el studium los anaqueles prohibidos me atraían; las preguntas engendraban más preguntas y las sospechas se acumulaban. Abandoné el hábito y, con él, la seguridad.
Fui a Francia y en París hallé un escenario para la memoria. Enrique III me escuchó, y publiqué De umbris idearum en 1582. Forjé teatros de imágenes para consagrar un cosmos dentro de la mente: ruedas, sellos y órdenes para mover el pensamiento con arte.
En Inglaterra crucé espadas con hombres de Oxford que trataban a Aristóteles como escritura sagrada. Respondí en mi propia lengua: La Cena de le Ceneri, De la causa, principio et uno y De l’infinito, universo e mondi (todas de 1584). Empujé la interpretación de Copérnico hacia un universo infinito y homogéneo—las estrellas como otros soles, mundos innumerables, quizá habitados—bajo una divinidad inmanente. Busqué el mínimo y la mónada, semillas y medidas de la naturaleza.
En 1591 acepté la invitación de Giovanni Mocenigo a Venecia; su miedo le convirtió en mi acusador. Extraditado a Roma, afronté una larga investigación sobre la Trinidad, la Encarnación, la eternidad de los mundos y otros asuntos. No quise desdecirme de lo que juzgaba verdadero. En el Campo de’ Fiori, en 1600, Roma respondió con fuego.
Escribí sobre Roma y Dinamarca sin haber visto ninguna de las dos, y aun así la gente jura que conocía sus corazones.
Empieza la conversaciónMe presionaron para que me casara; me casé con mi reino y envié a la orgullosa Armada de España de regreso hecha añicos.
Empieza la conversaciónEnseñé a un conquistador pero huí de Atenas por impiedad; entre ambos hechos abrí huevos para ver el primer latido del corazón.
Empieza la conversaciónAbjuré con los labios, pero las cuatro lunas de Júpiter seguían girando ante mis ojos.
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